27 noviembre, 2021

Jugando en el tiempo

La casa de mis abuelos quedaba en pleno Once. A metros de la unión de dos avenidas donde el silencio tiene la planilla llena de ausentes. Técnicamente era un departamento. Grande. Pero digo casa. ¿Quién le dice departamento a la casa de los abuelos cuando es chico?

El reluciente y brillante panel del portero eléctrico, con sus botones que oscilaban entre un bamboleo que permitía jugar antes de llegar a la firmeza del impacto al presionar que provocaba un ruido intenso que parecía sonar en todo el barrio. Bien de portero electrónico viejo. “Nosotros”, era la única frase que había que anunciar para provocar la inmediata apertura de las puertas. Tampoco daba para conversar mucho más: la vereda angosta invitaba al equilibro constante para evitar salir de paseo indeseado en el frente del 24 que pasaba rápido. Fino, pero pasaba.

El camino al ascensor era de unos metros. Yo medía todo en arcos de fútbol o canchas. Para mi eran, a ojo de buen cubero, un arco reglamentario y algo más. El ascensor (de esos viejos, con mucha reja negra con circulitos y rulos para que parezca más pintoresco) estaba en el medio del conducto de la planta baja. Más allá, aparecían los portones de los departamentos de esa planta, pero era como una zona prohibida. Había otro tipo de luz, mucho más oscura. El opaco de las paredes se volvía más intenso a medida que se superaban las puertas. Y la intensidad del eco de cualquier palabra que esbozara era ensordecedor. Apuesto que, si gritaba el gol del equipo más remoto en el partido menos importante de la historia, hoy todavía se seguiría escuchando.

La doble reja del ascensor se cerraba con polenta -así nos decían de chicos cuando mostrábamos algún gesto de fuerza-. Cada impacto contra el marco era como un corte de entrada de cine. ¿Viste cuando el acomodador te pedía el ticket, espiaba que todo este en orden en esa letra ilegible y te daba el visto bueno para sentarte? Bueno, acá también comenzaba la función.

Al llegar al piso tres e ingresar al departamento (para hablar con propiedad) los olores te ponían en autos: algún resabio de pasta odontológica siempre daba vueltas por allí y se mezclaba con el aroma de turno que salía de la gran olla verde de porcelana. No la veía. Pero sabía que estaba ahí.

Pasando el primer cuartito (que fue pieza, cuarto guarda cosas y consultorio) llegaba la primera corrida por el pasillo más largo del mundo. Imposible de contar en metros de niño futbolero, porque, si vamos a apostar, para mí se podían correr tranquilamente los 100 metros de una final olímpica.

“El cuarto chico”, “La pieza de los abuelos” y el baño eran los lugares que podían oficiar de escapatoria o vestuario en ese pasillo interminable. Después, ya en la zona de confort, quedaban el comedor, con su extensa mesa para un batallón, y el living, que tenía una estufa con chimenea de bronce que, apuesto una vez más, nunca se encendió. Estaban juntos, pero separados. Apartados, pero unidos. Compartían ambiente con el lavadero y la cocinita que, en la repartija de metros que hizo algún sabio arquitecto, salió perdiendo en proporción a los tamaños del resto de la casa.

Yo no esperaba mucho. Nunca fui un gran charlatán. Sabía que los pasos eran besos y abrazos, revolear el abrigo innecesario por ahí, soltar un “todo bien” para las preguntas académicas de rigor y esperar lo importante. La frase que se usa ahora es: “ustedes son muy chicos”. Y es verdad. Les parecerá raro, pero crean: en una casa se llegaba a comprar el diario de papel (¡sí, de papel!) todos los días de la semana.

Siete días de diario es mucho papel. Y más si se lo carga con el especial. La vedette en este caso. El del domingo. Con mil y no se cuántos suplementos que pasaban de mano en mano, tristes por un lado, porque sabían que nadie los iba a leer y alegres, por el otro, porque intuían que, al estar en un departamento, podrían evitar terminar iniciando el fuego de algún asado dominguero. En definitiva, podían tener un uso más noble.

Ese papel manchaba. Sí, todavía ver en tapa algún otro color que no fuese el negro, sonaba a cuento de ciencia ficción. La tinta se imprimía cada vez más firme, pero no alcanzaba para evitar algún manchón a la hora de poner manos a la obra y empezar con la creación. Para eso había que mezclar extrema delicadeza con fuerza bruta. Es que hacer bollitos con una hoja (entera, no página) de diario parece fácil, pero no es para cualquiera. Uno de los secretos es formar bien la bola y luego aplastar, comprimir. Con fuerza similar a cuando hay que estrujar un sándwich al que es imposible meterle bocado. Luego había que ir poniendo capa tras capa. Y siempre apretar bien fuerte.

No voy a mentir. Mientras la creación tomaba formaba, uno aprovechaba el tacto para calcular el peso con la mano y se adelantaba a lo que podría ocurrir un rato después. Para el cierre también se necesitaba cautela. Es que nadie pretende convertirse en el nieto que se gasta un rollo entero de cinta de embalar por fin de semana. Más cuando se trata de un producto que, en ese entonces, no se conseguía en cualquier librería.

Antes de comenzar (con lo otro y terminar con esto) era fundamental el minucioso chequeo: no podían quedar rastros de papel a la vista. Nadie podía darse el lujo de sospechar o tener el atrevimiento de poner en duda que eso no era lo que era.

Dejarla caer desde mis manos provocaba el primer impacto contra el piso del pasillo. Un chasquido que encendía los cinco sentidos y algo más. Era el pitazo inicial de una competencia que tendría más que 90 minutos, alargue o penales. No había lugar para cronómetros cumpliendo el rol de carcelero. Eran pocas las cuentas que rendir. Tal vez algún pequeño vidrio roto de las altas puertas que oficiaban de arcos. Sí, ya sé, era mejor usar los marcos y dejar las puertas abiertas, pero los gritos, la pasión, a veces incomodaban a más de uno de los comensales y la disputa terminaba siendo a puertas cerradas.

Como ocurre con todos los niños (o por lo menos los de esa época) la palabra cansado salía de mi boca para situaciones poco amigables que se reducían a:
– Bañarse
– Ordenar
– Hacer la tarea

Así que la historia comenzaba en la siempre prometedora fecha 1 y terminaba en la instancia más alargada del torneo más importante de la unión interplanetaria. Pero no se trataba sólo de patear. En ese entonces sobraba el aliento. Y el condimento extra que hacía todo más real (y digo más porque era real): el relato constante nombrando a los mejores y a los más desconocidos, mezclándose en equipos con nombres inventados, protestas a polémicos fallos, nobles camisetas que resistían más de un tirón y la grata compañía del ansiado grito de gol. Más agudo, obviamente.

Así jugaba.

Sigo jugando.

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